KULTURAREN SORTZAILE IRAULTZAILE BATEN AGURRA

«Lo que hago no es transgredir, es sacar lo que tengo»

p004_f01_199x183.jpgMikel LABOA, Su última entrevista en profundidad
Mayo del 2006
Mertxe AIZPURUA

Lleva pisando tablados desde los años 60, una década en la que se arremolinaron inquietudes en torno a la necesidad de expresar algo: la identidad de un país prohibido. En pleno franquismo, podría decirse que casi de forma prodigiosa, surgiría de todo ello el movimiento Ez Dok Amairu.

La relación de Mikel Laboa con el pintor José Luis Zumeta y el fotógrafo y cineasta Fernando Larruquert se remonta a aquella época. Cuarenta años después, reunimos a los tres en el estudio de Zumeta para realizar las fotografías de esta entrevista, y el cantante se somete pacientemente a las indicaciones de Larruquert, que ha contagiado a su hijo, también Fernando, su pasión por la imagen, y que participa en la toma de las fotografías.

La sesión viene a ser un encuentro entre amigos, vivencias y más de un recuerdo. Entre foto y foto, la sombra de Oteiza planea ligera en el estudio del pintor. Sale a relucir más de una anécdota y hay intercambio de bromas cómplices. Larruquert conoce bien a Mikel y se empeña en la tarea de buscar la «luz de hacha» para los medios planos. Zumeta asiste divertido a la escena que se desarrolla en su estudio. Ahí ha dado imagen a las portadas de la mayor parte de los discos de Mikel Laboa.

El cantante no alberga dudas al respecto: «Las portadas de mis primeros tres discos las hizo Mikel Forcada, un buen amigo mío de los tiempos en que éramos estudiantes. Luego conocí a Zumeta y le pedí que hiciera la portada de aquel disco pequeño `Haika mutil’». A partir de ese momento, todos los discos de Mikel Laboa llevan el sello Zumeta: «Sí, tenemos una relación de confianza mutua. No me importa lo que haga. Sé que me va a gustar y nunca me he planteado otra cosa». Nunca ha rechazado ninguna de sus propuestas y, además, lo descarta con vehemencia, como si no pudiera ser de otra forma: «No, no, nunca en la vida. Qué va… Además -explica, mientras le asalta otra sonora carcajada-, es que me gustan».

Nacido el 15 de junio del año 1934 en la Parte Vieja donostiarra, las vicisitudes de la guerra del 36 unirían de por vida a Mikel Laboa con los paisajes de Lekeitio. Su padre, Feliciano Laboa, originario de Pasai Donibane, concejal del PNV en el Ayuntamiento de Donostia y conocido como «Pico de oro» porque, según señala el cantante, «no hablaba nada», huyó a un pequeño pueblo cercano a Burdeos. La complicada situación hizo que su mujer accediera a trasladarse con los siete hijos al caserío de Gardata, entre Lekeitio e Izpazter, de donde era Juli Zeberio, la mujer que ayudaba en el domicilio de los Laboa. Allí, en el caserío de Gardata, murió a consecuencia de una peritonitis Andoni, uno de los hermanos mayores de Mikel. «Fue un trago amargo. Nuestra madre siempre tuvo aquello dentro».

Año y medio más tarde volverían a Donostia y, al cabo de pocos años, tras la entrada de los nazis en territorio francés, Feliciano Laboa regresó a casa. Mikel asistió expectante a la llegada del padre al que no conocía: «Recuerdo que comentaba con mi hermana cómo sería, qué cara tendría y, cuando le vimos, nos pareció que tenía una nariz enorme… En realidad no era así, su nariz era perfectamente normal pero supongo que estábamos ansiosos y todo en él nos llamaba la atención».

La guitarra y Yupanqui

Las imágenes que guarda de aquellos tiempos dibujan cartillas de racionamiento, colas para el auxilio social ante la Escuela Pública cercana a su casa, boniatos y algarrobas en la Plaza de la Constitución, el saludo fascista cada mañana al asistir a clase y el «hable usted cristiano» que incluso interrumpía las conversaciones telefónicas de su madre con el caserío de Gardata. En contraposición, recuerda el día de Santo Tomás como una jornada especial. «Para nosotros era un día precioso. La Plaza de la Constitución se llenaba de baserritarras de la provincia, el bullicio, el ruido… allí el euskara fluía libre».

Aunque la familia reunida llegaba a formar un pequeño coro en ocasiones -dirigidos por el padre, que había tocado el fiscorno en la Banda Municipal de Pasai Donibane-, Mikel Laboa debe su afición a la guitarra a un cuñado suyo, Juan José Lasa, que tocaba el instrumento y cantaba canciones de la guerra. «Me gustaba oírle y con 16 años empecé a recibir clases de guitarra. Un día, hacia 1955, un amigo trajo un disco desde Burdeos. Era de Atahualpa Yupanqui. Me impresionó profundamente. Empecé a tocar canciones suyas y me aficioné a ir a San Juan de Luz a comprar discos. Allí descubrí también a Violeta Parra».

No se limitó a la guitarra la influencia que Juan José Lasa ejerciera sobre el joven Mikel. Psiquiatra de profesión, fue algo más que una coincidencia lo que finalmente encaminó a Mikel Laboa a estudiar Medicina en Madrid, con exámenes en Zaragoza, y posteriormente a cursar la especialidad de Psiquiatría Infantil en Barcelona. «De estudiante en Madrid ya empecé a cantar entre amigos alguna canción de Iparragirre en euskara. Un amigo me pasó el cancionero de Jorge de Riezu. Aquel libro era una delicia, con cantos del cancionero popular vasco. La mayoría eran de Lapurdi, Baja Navarra y Zuberoa… De ahí empecé a sacar canciones y la primera vez que canté en euskara, en público, fue hacia el año 62 ó 63, en el Teatro Argensola de Zaragoza, en un acto de estudiantes organizado por el Hogar Navarro».

Catalunya, un revulsivo

Barcelona fue el punto de encuentro para Mikel Laboa con el movimiento cultural de la Nueva Canço y Setge Judges. De aquellos tiempos conserva, además de muy buenos recuerdos, estrechas amistades que hoy todavía mantiene con Raimon, Pi de la Serra o el famoso neurólogo Barraquer. Los últimos tres años que pasó en Barcelona Mikel Laboa estuvo ya acompañado de su mujer, Marisol Bastida, y la primera hija de ambos, Agurtzane. Más tarde llegaría el niño, Izaro. El cariño del cantante hacia Catalunya y los catalanes es evidente: «Tienen esa cultura especial mediterránea. Allí conocimos mucha gente maravillosa. En Catalunya percibo un nivel cultural muy alto, es gente formada, con espíritu de trabajo… me siento a gusto entre ellos. Aquel movimiento de despertar cultural que se vivía en Barcelona me hizo pensar que debíamos hacer algo parecido aquí y llamé a Benito Lertxundi, de quien sólo sabía que cantaba en euskara y era de Orio. De Lourdes Iriondo tenía referencias a través del grupo de teatro Jarrai; un día fui con ella a casa del pintor Sistiaga, que nos había invitado para escuchar unos discos. Allí conocimos a Joxean Artze, que desde entonces se sumó a nosotros para formar el grupo».

Fue el inicio de lo que luego se conoció como «Ez dok amairu», nombre ideado por el escultor Jorge Oteiza, a quien se dirigió Mikel Laboa. «Me presenté en su casa y allí sacó el nombre de Ez dok amairu. Oteiza era un verdadero terremoto, un torrente inagotable. Creo que en aquella primera charla que mantuve con él no llegué a entender ni el 40% de lo que decía. Su visión resultaba inalcanzable. Tenía la idea global del mundo cultural vasco y abogaba por hacer una fusión de todo: la escultura, el cine, la pintura, la música, las danzas, el teatro… Era sorprendente».

Laboa elude pronunciarse al pedirle una definición de Jorge Oteiza. Rehuye conscientemente los términos superlativos. «No sé si era un genio, pero no cabe duda de que tenía cosas geniales. Desbordaba energía y abría caminos. A veces era difícil seguirle mentalmente… tenía una visión tan amplia que el resto se quedaba pasmado. El veía posibilidades cuando otros veían imposibles. Creo que Oteiza fue el verdadero motor de la década de los 60, de todo el renacer cultural que se dio en ese momento. Su «Quosque tandem» fue una especie de biblia euskaldun. Tuvo mucho que ver en el despertar cultural de una generación. De ahí salieron energías que llevaron a todo el movimiento cultural vasco a surgir con aquella fuerza, y películas como «Amalur», que supuso un gran impacto, son ejemplo de todo ello. Hay que recordar que eran tiempos difíciles, de brutal represión franquista y censura».

Rememora aquellas primeras actuaciones de «Ez dok amairu» sin esconder una sonrisa socarrona: «Teníamos actuación en Bermeo. Joxean Artze llegó vestido con un abrigo de Carnaby Street y alpargatas y con las tablas de txalaparta en el seiscientos… Yo decía que nos iban a tirar al agua del puerto directamente, pero… bueno, la gente se portaba bien. Y nosotros no cobrábamos dinero pero lo pasábamos muy bien. Recuerdo que nos dejaron una casa para dormir y la dueña se había ocupado de que tuviéramos unas botellas de buen vino… Son buenos recuerdos. Vivíamos aquello intensamente, con la ilusión de crear algo y, además, todo era nuevo para nosotros. Ibamos a Zuberoa y no entendíamos una palabra del euskara de allí… y ellos a nosotros tampoco».

De la medicina a la música

Mikel Laboa regresó definitivamente a Euskal Herria en 1967. Trabajó durante 18 años en su especialidad de Psiquiatría Infantil en el Patronato San Miguel, con niños aquejados de parálisis cerebral, autismo o síndrome de Down. El patronato, una obra social de la Caja de Ahorros, se vio obligado a cerrar el servicio por la tardanza en las transferencias de competencias tras la muerte de Franco. «Fue una buena experiencia; era uno de los primeros servicios de este tipo que se crearon aquí en aquellos años y la labor era buena». Le preguntamos si esas vivencias están presentes en algunos de los temas recurrentes en sus recitales como la idea de «Komunika-zioa/inkomunikazioa»: «No lo sé. Es posible que haya influido. Los autistas están desconectados del mundo y es un gesto muy normal en ellos que se miren la mano… En mis recitales me miro la mano… Es cierto que todo lo que has vivido influye de alguna manera, pero, en cualquier caso, no es algo consciente. Hay muchas formas de comunicarse; no sólo el diálogo normal. Es también la expresión corporal, el lenguaje gestual, el irrintzi… hay muchos modos y maneras, pero en lo que se refiere al público, como dice Bertold Brecht, siempre hay que guardar una necesaria distancia: el otro debe captar lo que intentas comunicar pero debe ser de una forma limpia, más sutil que evidente».

El cierre del Patronato San Miguel fue determinante para que tomara la decisión de dejar la medicina para dedicarse a la música. «Algunos compañeros insistían en que pusiera una consulta privada. Yo bromeaba y les decía que no tenía sillas, así que no podía montar la consulta… Lo cierto es que sabía que si ponía una consulta particular estaría obligado a dejar la canción». Su mujer, que sigue impartiendo clases universitarias de macroeconomía, acompañó una vez más a Mikel en su decisión: «Marisol trabajaba y, por ese lado, el aspecto económico quedaba más o menos garantizado. En cualquier caso, vivir sólo de la música es francamente muy difícil. Antes, y ahora también. Y eso que desde aquella época en que empecé hasta ahora hay una notable diferencia. Cada vez hay mejores músicos; tenemos a gente de primera categoría». Desde aquellos años 60 son muchos los tablados y plazas que han acogido a Mikel Laboa y, sin embargo, asegura que todavía no ha desterrado el miedo al escenario. «Sin duda. Todavía me infunde respeto. Y, además, debe ser así. En alguna ocasión me he visto en el escenario con tranquilidad y eso tampoco es bueno, porque me ha dado la impresión de no conectar con la gente. Tiene que haber un cierto grado de tensión, sin dejar que te supere, claro está».

Silbidos y risas

Ríe abiertamente cuando le decimos que Mikel Laboa es un «antiestrella» por su poca afición a aparecer en los medios de comunicación. «Yo no tengo facilidad de palabra y tampoco me considero una estrella. Las estrellas están bien donde tienen que estar, que es en el firmamento y sí, es verdad, en algunos artículos me definen como tótem, icono y no sé qué más cosas… Leo eso y – explica con humor- pienso que a veces ya no sé ni lo que soy».

Y es que Laboa canta, en primer lugar, para sí mismo. «Cuando compongo una canción, lo más importante es que me guste. Si me atrevo a sacarla fuera será porque me gusta y entonces ya adquiere otra dimensión. Ha habido ocasiones en que he tenido temor a que no gustara nada… Me pasó con `Baga, biga, higa’, por ejemplo, y, de hecho, en algunos sitios me han silbado mientras cantaba el `Gernika’ pero, bueno, eso también hay que aguantarlo. O como aquella vez en Bakio, hace muchos años, cuando toda la infraestructura técnica que llevábamos eran dos focos, y veíamos las caras de todo el público en el recital… Empecé a cantar `Xirristi, mirristi’ y veía a una cuadrilla de chavalas que se morían de la risa y… ¡ay, dios! A mí me entraban ganas de salir pitando de allí». Lo cuenta riéndose con ganas, aunque matiza que «me río ahora, porque entonces no me reía. Lo pasaba muy mal. Luego pasan los años y ves que el `Baga, biga’ ha calado, que es una canción que dice algo a mucha gente, pero al principio resultaba un tanto duro».

Será por eso que en su último disco ha introducido dos sugerentes dedicatorias a Franz Kafka y a Van Gogh: «A Van Gogh, porque ya tiene narices que no vendiera un cuadro en su vida y ahora se paguen millones y millones por sus obras. Y a Kafka, porque intentó quemar su obra… En fin, quiero decir que, visto esto, tampoco nos vamos a quejar porque alguna vez nos hayan silbado…». El calificativo de transgresor con el que críticos y comentaristas acompañan sus referencias a Laboa le parece excesivo: «No creo que yo sea transgresor. Quizá en algún aspecto con `Baga, biga’ o `Gernika’ porque era algo diferente, pero cuando compongo algo que me gusta, tengo dos posibilidades: quedármelo o sacarlo y, si me gusta, pienso que es mejor sacarlo. Eso no es transgredir, es dar lo que tienes. Quedárselo para uno mismo sería egoísta. Yo hago lo que me gusta; no sé si le va a gustar al público. Eso es imprevisible. Además, yo no sé componer algo con el objetivo de que le guste al público. No sé cómo se hace eso».

Un proceso en solitario

El de componer la música de una canción es un proceso que acostumbra a hacer en solitario. Nadie le escucha cuando compone y a nadie se lo muestra hasta que no considera que está bien. Escoge la poesía y busca la música aunque alguna vez, muy pocas, ha encontrado un texto que se adecuaba como un guante a una música que ya había sido compuesta. Le sucedió con «Izarren hautsa», de Xabier Lete. «No sé cómo ocurre. Yo tenía una música hecha y vi que `Izarren hautsa’ se adaptaba perfectamente. En otras ocasiones, después de hacer la música he encargado la letra como, por ejemplo, es el caso de `Antzinako bihotz’, de Bernardo Atxaga. A veces pasa así, pero no es lo habitual. Lo habitual es que componga la música para la letra determinada».

Desconoce si ahora le cuesta más encontrar la música adecuada a un texto que en su juventud. «Siempre he sido lento para componer, con la excepción de `Txoria txori’, que salió muy rápido, pero eso es algo extraño en mí. El último disco -se refiere a `Xoriek 17′-, me ha costado mucho. Le he dado muchas vueltas».

Desde el primer disco que editara en Baiona en 1964 hasta hoy, entre otros méritos, resulta indiscutible la gran habilidad de Laboa a la hora de elegir los textos a los que pone música. Él lo relativiza: «Los poemas están ahí; muchos son de la tradición popular y, en lo que respecta a los nuevos autores, he tenido la suerte de encontrarme con gente tan buena como Atxaga y Sarrionandia. Eso facilita mucho las cosas. Y a la hora de elegir un texto u otro, es un proceso intuitivo el que se desencadena. Es difícil explicar por qué eliges un poema y no otro. Hay poemas que me gustan y, sin embargo, no consigo convertirlos en canciones; otros, en cambio, se prestan a ello… No sé. Será algo relacionado con el sistema límbico; ese cristo que tenemos montado en la cabeza cada uno, ese curioso follón donde se mezclan sentimientos que proceden de hace millones de años… debe ser lo más primitivo que tenemos, así que cualquiera se aclara sobre el motivo de tus propias elecciones».

Quienes sí han elegido a Mikel Laboa para participar en sus producciones e, incluso, han dejado testimonio de su reconocimiento han sido más de un grupo de rock vasco. Con Kortatu grabó la versión de «Ehun ginen»; en 1990 once grupos de rock -Negu Gorriak, Delirium Tremens o Su ta gar, entre otros- le tributaron el disco-homenaje «Txerokee» y, en su último disco, «Xoriek 17», participa también el grupo Lisabö. Reconoce que se siente bien entre los jóvenes. «Me gusta todo tipo de música, desde la clásica al rock. Los jóvenes son el futuro, me arreglo bien con ellos, se establece una buena comunicación. Yo, al menos, me siento a gusto. Admito que en esos momentos no sé la edad que tengo… aunque ellos -y desata una carcajada contagiosa- quizá sí lo sepan».

Normal, a veces raro

No han sido los únicos. El escultor Koldobika Jauregi, que percibe un paralelismo entre el estilo experimental de Laboa y las canciones sin texto de los pastores de Altzürüku, le dedicó un homenaje a través de una obra y el director de cine Julio Medem eligió sus canciones como fondo musical de «La pelota vasca». Por si fuera poco, la música de «Txoriak txori» y «Haika mutil» está disponible como sonido polifónico para el teléfono móvil. Laboa no lo sabía. Deja fluir una mueca divertida y dice que no le parece ni bien ni mal: «No tengo móvil, así que…».

En «Xoriek 17», dedicado a los pájaros por una idea que le comentó Bernardo Atxaga, Laboa da rienda suelta a sus particulares querencias. A través de «Piedra y camino» homenajea a aquel Atahualpa Yupanqui que descubriera en su juventud y con el que cantó en una ocasión en Donibane Lohizune. «Además de buen cantante era un gran narrador que contaba historias deliciosas». Está también en su disco la referencia a James Joyce, cuyo «Ulises» ha intentado leer tres o cuatro veces e, inevitablemente, se le atasca, y que siempre le ha resultado un tipo curioso: «Es un personaje que se enfada con su país, se aleja de él, y se marcha, pero siempre escribe sobre Irlanda. Su corazón y su cabeza están siempre allí». Y entre sus admiraciones incondicionales, también cuenta la que profesa a Georges Brassens, a quien Laboa dedicó un homenaje en el disco «Lau bost». «Al escuchar a Brassens me pasa como cuando escucho a Bach. Aparentemente, todas las canciones y las músicas se asemejan y, sin embargo, cada obra es especial. A mí me transmite mucho y no me cansa oirle».

A este Mikel Laboa que se limita a responder con una sonrisa a la pregunta de qué se siente cuando uno ha puesto voz al sentimiento de tantos vascos, le gustaría ser considerado como «un hombre normal, a veces un poco raro y, aunque quizá habría podido hacer algo más, dentro de lo que cabe, como una persona que ha intentado hacer lo mejor posible lo que ha cogido entre manos».

Su próxima actuación tiene ya fecha. Será el 11 de julio en Donostia con Bob Dylan, un cantante del gusto de Laboa y cuyas canciones conoció muy joven a través de un disco que le trajo Joxe Mari Zabala, integrante de «Ez dok amairu». Todavía no ha decidido el repertorio de ese recital pero no duda cuando se le inquiere sobre qué canción elegiría para musicar el día en que se consiga la resolución del conflicto político del pueblo vasco: «La consagración de la primavera», de Stravinsky. «Es rara. Muy hermosa».