ASÍ ES NUESTRO DUENDE

Duende Sara

Soy médica, soy pediatra, llevo casi 30 años diagnosticando y tratando problemas físicos, psicológicos y hasta sociales a los niños con los que he ido coincidiendo en las distintas consultas.

He sido especialmente sensible al problema del TDAH desde hace más de 25 años, cuando casi ninguno de mis colegas había oído hablar de este problema o lo veían como algo muy lejano y muy poco frecuente

Poco a poco, el tema empezó a entrar en los congresos y cursos de pediatría, hasta que llegó a hacerse especialmente recurrente y Frio y caliente Jaime Sanchezempezó a crear resistencias y rechazo por parte de muchos de mis compañeros, considerando que era un diagnóstico “artificial” creado por la industria farmacéutica, y que era una manera de etiquetar y tratar innecesariamente a niños “normales” pero un poco más movidos de lo habitual, que los profesores o padres eran incapaces de “tolerar”.

Muchos compañeros creen que estamos “medicalizando” y  estamos sobrediagnosticando y tratando en exceso una variante de la normalidad:

En mi experiencia de trabajo en zonas especialmente deprimidas de Madrid, mi percepción es la contraria, ya que sigo descubriendo muchos niños que lo están pasando realmente mal porque están etiquetados de “tontos”, “vagos” o “malos”, y que mejoran espectacularmente cuando reconozco el problema….

…. Cambio la “etiqueta” por la de TDAH y aplico los tratamientos adecuados (tanto farmacológicos como psicoterapéuticos). Tal vez lleven la etiqueta del “TDAH”, pero desde luego tanto sus padres como ellos prefieren esa etiqueta a la de “tontos”, “vagos” o “malos”.

Bien, pues a pesar del interés que habéis podido reconocer por mi parte en este tema, yo nunca me planteé encuadrarme en este posible diagnóstico.

¡Cómo voy a ser yo una persona con TDAH si fui una estudiante brillante y he sacado una carrera de medicina y una especialidad de pediatría, y llevo una vida aceptablemente adaptada!

 

Ni se me ocurrió pensar en ello durante mucho tiempo. Es cierto que soy una persona inquieta, que me gusta meterme en múltiples actividades a un tiempo, y ha sido una característica personal que siempre ha resaltado mi familia desde muy pequeña. Pero ésto era lo único que me podía hacer pensar en un cierto “rasgo” asociado con el trastorno. A los médicos nos cuesta reconocer, en nosotros mismos, los síntomas y los diagnósticos que claramente vemos en nuestros pacientes.

Cuando un día, mi amiga Concha me preguntó: ¿Y tú qué, tú eres una TDAH? Tardé un rato en contestar. Me lo tuvo que preguntar una segunda vez, y haciendo un repaso rápido a mi historia vital, mi primera respuesta casi sin pensar (de un modo muy impulsivo como corresponde a una buena TDAH) fue: Creo que tengo rasgos, soy muy impulsiva, con una atención muy dispersa e inconstante en muchas decisiones importantes y no tan importantes de mi vida. Algunos datos en mi vida apoyan el diagnóstico y dan explicaciones a cosas que siempre me han provocado una cierta intranquilidad o duda vital sobre porqué había actuado de determinada manera. Estos comportamientos me han ido creando unos sentimientos de culpabilidad y baja autoestima que me está costando recomponer.

A medida que voy leyendo artículos sobre el TDAH en mujeres adultas, me doy cuenta que estos dos sentimientos son casi una constante que nos ha dificultado un poco o bastante la vida. Pero también me doy cuenta de que tenemos una energía y una curiosidad vital que nos puede meter en problemas, pero que también nos hace descubrir nuevos lugares y rutas desconocidas que pueden hacer de la vida una experiencia distinta y mucho más intensa, incluso también descubrir caminos que pueden ayudar a otras personas

Así es nuestro duende, el duende del TDAH.

Reyes Hernández